El guardia encontró y quitó una cinta que impedía que una puerta se cerrara. Más tarde, cuando revisó la puerta, descubrió que habían puesto otra. Llamó a la policía, la cual llegó y arrestó a cinco ladrones.

El joven guardia, empleado del edificio Watergate en
Washington, D.C., sede central de un importante partido político de Estados Unidos, acababa de destapar el mayor escándalo político de su vida al, simplemente, tomar en serio su trabajo… y hacerlo bien.

Nehemías comenzó a reconstruir el muro de Jerusalén; tarea que tomó muy seriamente. Casi al final del proyecto, unos opositores vecinos le pidieron que se reuniera con ellos en una aldea cercana. Esa amistosa invitación encubría una trampa artera (Nehemías 6:1-2). Pero la respuesta de Nehemías muestra su profunda convicción: «Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros» (v. 3).

Aunque poseía cierta autoridad, Nehemías quizá no habría tenido un buen puntaje en la escala de héroe: no era un gran guerrero, ni poeta, ni profeta, ni rey ni sabio. Solo un copero devenido en constructor. No obstante, estaba convencido de que hacía algo vital para Dios. Tomemos también nosotros en serio lo que el Señor nos ha encomendado, y hagámoslo bien con su poder y ayuda.